Creía haber olvidado parte de aquellos recuerdos perdidos en el gélido hielo invernal, pero me equivocaba. Bajo el tópico título de: "La vie est belle", mi mente, como de costumbre, comenzó ha rebobinar de manera automática, como si estuviera programada a hacerlo de antaño, intentado recordar de manera detallada dónde había leído por última vez dicha frase. Obviamente lo encontró.
Me disponía como cada mañana de aquel breve pero intenso tiempo, a dirigirme a aquella lejana escuela. Quitar la nieve del coche se había convertido en una curiosa y pesada afición. Una vez incorporada en el automóvil acompañada de la popular melodía Paradise, me limitaba a contemplar aquella ciudad adornada de luces artificiales pues los rayos de sol brillaban por su ausencia. Creí haberme aprendido el camino de ida perfectamente, pues lo hacía varias veces al día. No era verdad. Me sorprendía cómo un paisaje alterado por el ser humano podía parecerme completamente distinto al que veía todas las mañanas. Sería producto del vaho, aún no lo sé con certeza.
Después de aligerar el paso evitando en la medida de lo posible el agua-nieve, finalmente llegué a mi destino. Dejé mis humedecidas botas en el taquillón y entré.
Esperé a que me indicaran el lugar donde debía ir. Y allí estabas, una vez más. Apenas intercambiamos palabras, sólo pequeños gestos.
Se aproximaba el momento cumbre, o al menos las altas expectativas que me forjé a creer. Observaba el caer de la lluvia entre los soportales al mismo tiempo que expiraba el aire haciendo pequeños dibujos dada las bajas temperaturas.
Y rogué. Rogué y supliqué estar unos escasos minutos a tu lado. Lo logré.
A la ida hacia el destino indicado con anterioridad fruto de una promesa que nos hicimos meses atrás, el ambiente era un tanto incómodo. Apenas nos dirigimos cuatro palabras, la mayoría aclaratorias sobre la zona. Me bajé del automóvil y me animé bastante pues me había llevado al mejor lugar de todos; no por su calidad, sino más bien por el sentimentalismo.
Café por favor, aunque no sé cual. Me aconsejó un café Moka. Así fue.
Mientras esperaba el pedido, estuve ojeando el mobiliario. Me llamó concretamente la atención el pequeño portavelas, muy común en sus tradiciones.De una forma cúbica, estaba adornado con un grabado muy parisino. Una frase, un momento, un lugar. El olor al café recién hecho, la presentación y la pequeña chocolatina que tanto te gustaba. Solté una tímida risa. Y, en ese momento, noté ligeramente cómo se detenía el tiempo, como si quisiera hacerme un pequeño regalo al futuro incierto que recaía sobre mí.
"La vie est belle"