[…]Comprendí poco a poco mi
admiración por todo lo derivado de un trozo de papel: Desde pequeñas libretas de
bolsillo necesarias para captar ese ambiente volátil y caduco en el tiempo, fotografías capaces de congelar el instante,
cartas de amor acarreadoras de la palabra y el olor del amado, hasta libros,
portadores de sabiduría y conocimiento.
Adoraba el olor a humedad de un
libro antiguo. Me gustaba pasar las páginas delicadamente y sentir cómo quedaban
impresas las huellas de otra persona que tiempo atrás rezumaba de alegría por
el obsequio.
Recuerdo
con nostalgia la primera vez que me hice un corte con una hoja. Estaba
ensimismada en la librería del barrio cuando encontré un cuento con
ilustraciones muy llamativas y coloridas. El ansia y la impaciencia me jugaron
una mala pasada cuando, al pasar las páginas de modo apresurado, noté un dolor
agudo e intenso. (Comencé a llorar)
Quizás sea el motivo por el cual
siga apuntando pequeños quebraderos de cabeza y así poder canalizar mis neurosis en
hojas sueltas, diarios inacabados como mi vida, y además tenga cierta propensión a
acumular libretas, revistas y periódicos amontonados en el caos de mi
escritorio.
El
soporte de papel crea un mundo paralelo, una comunicación estrecha e íntima
entre el escritor y el lector.
Solo
espero que mi devoción por ti jamás se marchite y más en estos tiempos que
corren, donde el soporte digital suple y erradica por completo al soporte
tradicional.
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