Como si de una película se tratase, los fotogramas ralentizados se extienden por mi mente a modo de recuerdos. Me transportan a una realidad más allá de la imaginación, incluso más allá del alcance de la cordura humana. ¿Alguna vez estuve cuerda? La respuesta era obvia.
Siempre había una pregunta sin responder que rondaba por mi cabeza. ¿Hice lo correcto?
Hay días que me maldigo por sucumbirme a tus encantos, por dejarme llevar por mis pasiones carnales, por haberte deseado, por seducirte, por sonreírte. Sin embargo, dejé de aferrarme a esa estúpida moralidad que nos controla y nos ciega, producto de la insatisfacción y la necesidad de supervivencia humana.
Ya no creía en la maldad o en la bondad pues nada es verdaderamente puro. Somos producto de nuestros errores y fracasos. Las palabras que fueron contenidas y jamás pronunciadas se convierten en nuestra filosofía de vida.
Aprendí que la vida no es lo que uno quiere que sea, sino lo que es. Frustrante pero cierto. No podemos aferrarnos a nadie por más que lo anhelemos. Quizás ese fue mi error. Creer que me pertenecías, que formarías parte de mi vida. Olvidé que nacimos y morimos solos, que las personas son meros transeúntes en nuestro presente y que debemos dejarlas partir.
Ahora me hallo tumbada en medio de la nada. Sin ninguna ilusión. El café como único placer. Tu esencia como sustento del alma.
Lentamente me desvanezco. Llegará el día que desapareceré y tú no podrás verlo. Consumida en las profundidades de la mediocridad cual fracasada. Lo que siempre fui.
Aún conservo tu sonrisa. Alguna vez llegué a ser feliz.
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